Patty: Era un ser especial, pero no sabia a cual especie pertenecía; Vivía amando y soñando con encontrar una casa donde pudiera morar y sentir, que fuera algo mas grande que esa pequeña ventana por donde solía asomarse para entender la vida…

Gerardo: Era otro ser, sabia cual era su especie y su casa tenia una gran ventana por donde creía ver la vida, pero sentía la morada demasiado grande para los detalles que necesitaba alcanzar…

Aquellos dos seres se encontraban en casas que no les pertenecían, donde no encajaban sus sueños, en vidas que no lograban descifrar los acertijos que necesitaban adivinar…

Un día, pensando en que nada había por hacer, se encontraron; era una mañana tibia de Septiembre y al mirarse, sus almas lograron reconocerse en un intercambio de sueños, homogéneos de pupilas, parecidos de almas, incrustados en el cuerpo…

Sin encontrar los minutos y haciendo de las horas una eternidad, compartieron un reloj de arena, que marcaba solo momentos; y de tanto pertenecerse, un buen día, decidieron amarse en un espacio centrifugo y multicolor, simplemente, una casa en espiral… tan pequeña que podían respirarse los detalles, tan grande que la ventana era la vida misma.

Donde se logra escuchar el sonido del mar, mientras la luna menguada, arrulla la pasión en su cuna. Un lugar donde la fe es el cielo que los cubre día a día, mientras se dejan seducir por el canto de las estrellas…

Y así aquellos dos seres, sumergidos en el amor, cuentan una historia en espiral, desde su caracol un espacio de dos…